Ley Valeria: cuando nombrar el acecho es empezar a proteger
Redacción
2026-04-09 14:00
En febrero de 2026, la aprobación de la llamada Ley Valeria por la Cámara de Diputados marcó un momento relevante en la discusión pública sobre la violencia en México.
En febrero de 2026, la aprobación de la llamada Ley Valeria por la Cámara de Diputados marcó un momento relevante en la discusión pública sobre la violencia en México. Más allá de su dimensión jurídica, esta iniciativa tiene un valor simbólico y social. Aunque tardío, resulta fundamental reconocer el acecho como un delito dentro del Código Penal Federal. La denominada Ley Valeria no sólo introduce una figura jurídica, también visibiliza una forma de violencia que durante años permaneció normalizada, minimizada o, peor aún, ignorada.
Para entender de qué trata dicha ley, es necesario comprender que el acecho definido ahora como la vigilancia, seguimiento o contacto no deseado de manera reiterada, no es un acto aislado ni inofensivo. Es una práctica sistemática que invade la vida de las personas, especialmente de las mujeres, generando miedo constante, ansiedad y una alteración profunda de su cotidianidad.
De hecho, esto puede ocurrir tanto en espacios físicos como a través de medios digitales, lo cual se traduce en mensajes, redes socio digitales e incluso, llamadas; antes de esta ley, muchas de estas conductas no eran castigadas directamente, a menos que escalaran a delitos más graves. La Ley Valeria reconoce que el daño emocional y el miedo constante ya constituyen una forma de violencia que debe prevenirse y sancionarse.
Aunque puede aplicar a cualquier persona, esta ley surge en gran medida para proteger a víctimas, como ya se ha dicho, principalmente mujeres que enfrentan situaciones de acoso persistente que afectan su seguridad, libertad y bienestar.
Durante demasiado tiempo, estas conductas quedaron en una zona gris legal, donde la víctima debía esperar a que la violencia escalara para poder acceder a la justicia. La Ley Valeria rompe con esa lógica peligrosa: reconoce que el daño psíquico y la perturbación de la vida diaria son, en sí mismos, motivos suficientes para intervenir.
Sin embargo, legislar no es sinónimo de erradicar. El verdadero reto comienza ahora en garantizar que esta reforma no se convierta en letra muerta. Para ello, será indispensable capacitar a las autoridades, sensibilizar a los operadores del sistema de justicia y, sobre todo, construir una cultura social que deje de romantizar la insistencia como prueba de amor. Porque el acecho no es persistencia afectiva, es control, es invasión, es violencia.
También es necesario cuestionar el papel de las instituciones que históricamente han fallado en la protección de las víctimas y cuestionar ¿Cuántas denuncias fueron desestimadas por considerarse “exageradas”? ¿Cuántas personas tuvieron que cambiar rutinas, trabajos o domicilios ante la falta de respuesta estatal? La Ley Valeria llega, en ese sentido, como una respuesta institucional que reconoce una deuda pendiente.
Pero hay un aspecto aún más profundo: esta legislación refleja un cambio cultural impulsado, en gran medida, por los movimientos feministas y por una sociedad cada vez menos tolerante a las violencias cotidianas. Nombrar el acecho como delito implica también nombrar el derecho a vivir sin miedo, a transitar sin ser vigiladas, a existir sin ser invadidas.
En última instancia, la Ley Valeria no debe verse como un punto de llegada, sino como un punto de partida. Un recordatorio de que el derecho penal puede y debe adaptarse a las realidades sociales, pero también de que ninguna ley será suficiente si no se acompaña de voluntad política, educación y transformación cultural. Porque solo cuando se reconoce la violencia en todas sus formas, es posible comenzar a erradicarla.
Autora: Sandra Flores Guevara
Profesora investigadora del área académica de comunicación UAEH
