Geopolítica de las resistencias | Mitad hombre, mitad bestia: la sabia mezcla de poder duro y poder blando de los EUA en América Latina


Redacción
2026-02-06 14:00

Estados Unidos ya no disfraza sus intervenciones bajo el lenguaje de la democracia o los derechos humanos.

La tragedia no puede verse como destino.

En América Latina se despliega hoy una reconfiguración profunda del ejercicio del poder internacional. Bajo el nuevo periodo presidencial de Donald Trump, la política exterior de Estados Unidos combina de manera explícita poder duro y poder blando, nociones centrales de los postulados teóricos gramscianos para explicar cómo los Estados buscan preservar hegemonía, controlar territorios estratégicos y asegurar recursos críticos. El resultado es una diplomacia ambigua y brutal a la vez: mitad hombre, mitad bestia.

El poder duro no es una categoría teórica abstracta cuando se observa la acción directa de Washington en Venezuela. La captura de Nicolás Maduro, mediante una operación que quebró abiertamente el principio de no intervención, marcó un punto de inflexión en la historia reciente del hemisferio. No se trató solo de un cambio de régimen: fue una operación de control geopolítico sobre un territorio clave, particularmente por su valor energético y su ubicación estratégica en el Caribe. Estados Unidos concretó su postura como policía del mundo.

Ahí se expresa el poder duro en su forma más descarnada: uso de la fuerza, ocupación indirecta de soberanía y control de recursos estratégicos, como el petróleo. Es una señal clara de que Estados Unidos ya no disfraza sus intervenciones bajo el lenguaje de la democracia o los derechos humanos, sino que actúa bajo una lógica de seguridad y competencia sistémica.

Sin embargo, la estrategia no se limita a la coerción militar. Trump ha desplegado una estrategia multinivel, en la que el poder blando juega un papel central. El anuncio del proyecto de minerales críticos, impulsado por su administración, es clave para entender esta fase. Se trata de una iniciativa orientada a asegurar el suministro de litio, tierras raras y otros minerales (y elementos) indispensables para la industria tecnológica, la transición energética y la defensa.

Que México “se suba” a este proyecto no es un gesto de cooperación inocente, sino una forma de aprovechamiento territorial del hemisferio en función de los intereses estratégicos de Estados Unidos. Los minerales críticos no son solo commodities: son poder necesario para la competencia. Controlarlos implica dominar cadenas de valor tecnológicas, reducir la dependencia de China y reconfigurar la geopolítica industrial del siglo XXI. En este sentido, el proyecto constituye una acción de control geopolítico regional, donde la integración económica funciona como mecanismo de subordinación estratégica.

En Cuba, el poder blando adopta la forma de presión económica indirecta. Las advertencias y condicionamientos que han llevado a México a replantear el suministro energético a la isla muestran cómo Washington utiliza el comercio y la energía como instrumentos de disciplina política. No hay tanques de guerra, pero hay coerción. No hay invasión, pero sí asfixia económica. No es imperialismo, es control hegemónico. Más inteligente, más sofisticado.

En Colombia, la estrategia es híbrida. La presión diplomática, combinada con incentivos y amenazas veladas, ha llevado al gobierno a ceder en temas sensibles como la extradición de narcotraficantes. Aquí el mensaje es claro: la cooperación es voluntaria solo en apariencia. 

Todo esto ocurre en un contexto geopolítico amplio: la disputa por la hegemonía entre Estados Unidos, China y Rusia. América Latina vuelve a ser un espacio de competencia y, por tanto, de disputa por parte de los países poderosos. Un tablero donde se decide el acceso a recursos, rutas, mercados y posiciones estratégicas. El llamado orden internacional basado en normas se diluye frente a una realidad de integración asimétrica, donde los acuerdos existen, pero el poder está siendo ejercido por unos cuantos.

Para México, la pregunta es ineludible: ¿cómo insertarse en este nuevo orden? Subirse a proyectos estratégicos sin capacidad de negociación, sin política industrial propia y sin fortalecimiento institucional interno puede traducirse en una nueva forma de dependencia.

Desde este espacio, sostengo que el verdadero desafío no es elegir entre poder duro o poder blando, sino construir capacidad de resistencia estratégica. Sin autonomía energética, tecnológica e institucional, el poder blando es ilusión; sin alianzas regionales, el poder duro seguirá imponiéndose.

 

Lo que está en juego no es solo la relación con Estados Unidos, sino el lugar de América Latina en el nuevo orden internacional que se está gestando. Resistir no es confrontar sin estrategia; es entender el poder, anticiparlo y construir alternativas. De lo contrario, la región volverá a transitar caminos ya conocidos: integración subordinada, soberanía limitada y desarrollo acotado. Eso lo hemos vivido por generaciones, pero esta tragedia no puede verse como destino. 

 

Autor: Caballero de la geopolítica, Mario Cruz Cruz

Profesor investigador del ICEA-UAEH



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