Con-Ciencia Política | Las elecciones presidenciales en Chile: un giro hacia la extrema derecha
Gerardo Neria
2025-12-23 12:30
La democracia chilena transitó durante tres décadas entre la centroizquierda y la centroderecha.
La dictadura militar de Augusto Pinochet llegó a su fin —tras 17 años de autoritarismo— mediante el
plebiscito de 1988, en el cual un 55,9 por ciento de la ciudadanía chilena votó a favor de iniciar un proceso
de transición a la democracia que dio paso a elecciones presidenciales. No obstante, resulta relevante
destacar que en ese mismo proceso un 44 por ciento de la población apoyó la continuidad de Pinochet como
presidente de la República de Chile. Desde entonces, gran parte de la literatura académica (O’Donnell, Linz,
Garretón) ha caracterizado este proceso como una transición exitosa, al permitir el paso de un régimen
autoritario a uno democrático sin grandes crisis de legitimidad ni de gobernabilidad, en un contexto de
fortalecimiento institucional gradual. A pesar de ello, diversos elementos del autoritarismo se expresan en la
actualidad con el giro de Chile hacia la extrema derecha que representa la victoria del partido republicano
con José Antonio Kast.
En términos electorales, la democracia chilena transitó durante tres décadas entre la centroizquierda y la
centroderecha, con procesos de alternancia, un creciente pluralismo político y una fragmentación partidista,
al menos desde el año 2000. Este comportamiento electoral pendular otorgó estabilidad y gobernabilidad al
sistema político chileno en la etapa postransicional, fortaleciendo desde el centro el eje ideológico
izquierda-derecha, los procesos de democratización y la consolidación de prácticas electorales consideradas
ejemplares en la región. Sin embargo, los resultados de las últimas elecciones presidenciales, en las que
resultó ganador el candidato del Partido Republicano, José Antonio Kast, con un 58,16 por ciento de los
votos, frente al 41,8 por ciento obtenido por la candidata de la centroizquierda y militante del Partido
Comunista, Jeannette Jara, marcan, a mi juicio, un giro significativo en la política electoral chilena. Este
cambio se produce en un contexto caracterizado por una creciente fragmentación partidaria, una mayor
polarización ideológica y expectativas insatisfechas frente a problemas públicos de carácter estructural.
La segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Chile (2025) puede comprenderse, así, como un
momento de inflexión política con profundas implicancias para el sistema político y la democracia chilena.
En ella confluyen dinámicas acumuladas durante más de una década de transformaciones, crisis de
representación y reconfiguración del vínculo entre ciudadanía e instituciones. Desde la perspectiva del
comportamiento electoral, este balotaje se caracteriza por una simbiosis entre el voto ideológico y el voto
estratégico, influida por los principales problemas públicos que afectan a la sociedad chilena: la inseguridad,
el desempleo, el bajo desempeño económico y la migración irregular. En este contexto, una parte
significativa del electorado identificó en los enfoques ideológicos de extrema derecha del siglo XXI una
posible vía de solución, replicando referentes internacionales como Donald Trump, Giorgia Meloni, Nayib
Bukele, Jair Bolsonaro o Javier Milei. Cabe recordar que Kast, como nuevo presidente de Chile, ha
manifestado admiración por la figura y el legado del régimen militar de Augusto Pinochet, periodo en el cual
se produjeron violaciones sistemáticas a los derechos humanos.
La dicotomía clásica entre izquierda y derecha se mantiene, dado que una parte importante del apoyo a Kast
proviene de sectores que históricamente han respaldado a la dictadura militar; sin embargo, esta división
pierde parte de su capacidad explicativa frente a variables como la seguridad pública, la capacidad de
gestión estatal, el control de la inflación y la eficacia del Estado. Ello favorece un voto más pragmático,
especialmente entre los sectores medios, que evalúan retrospectivamente el desempeño de los gobiernos
recientes y, de forma prospectiva, la capacidad de los candidatos para administrar un escenario económico y
social complejo.
El resultado es un electorado menos movilizado por grandes relatos transformadores y pro derechos y más
sensible a narrativas propias de la derecha como el nacionalismo, el rechazo (al gobierno de Boric), la
protección (seguridad) y la exclusión (migración). Las implicancias políticas de este comportamiento son
significativas, pues el resultado inmediato es la consolidación de la polarización y la profundización de la
fragmentación del sistema de partidos. La incapacidad de las fuerzas políticas tradicionales para articular
mayorías estables refuerza un escenario en el que la competencia se ordena de manera crecientemente
bipolar —en torno al clivaje pro/anti Kast—, lo que se convierte en uno de los principales desafíos de
gobernabilidad del nuevo ciclo político chileno. En un país marcado por persistentes brechas de desigualdad,
problemas en el acceso a bienes y servicios públicos de calidad, una ciudadanía cada vez más exigente en el
ejercicio de sus derechos y una movilización social creciente, este escenario plantea desafíos estructurales
para la democracia chilena.
Autor: Guillermo Lizama Carrasco
Jefe del área académica de ciencia política y administración pública ICSHu-UAEH
