Libertad de expresión y desinformación. La antítesis y su limitación
Redacción
2025-11-24 12:20
La libertad de expresión es vital para la democracia… pero la desinformación amenaza con convertirla en su contrario.
La libertad de expresión es uno de los pilares elementales de todo régimen democrático, pero también uno de los más vulnerables cuando la desinformación se convierte en arma política, económica o social. La tensión entre ambas no es nueva, aunque hoy se presenta con una intensidad inédita, sobre todo en el espacio digital, pues la mentira circula con mayor velocidad que cualquier verdad, amplificada por algoritmos que privilegian el escándalo sobre la evidencia y por una audiencia que, cansada del rigor, busca respuestas inmediatas en lugar de explicaciones complejas o que les resulten más fáciles de entender. Frente a este fenómeno, la libertad de expresión se enfrenta a su propia sombra, pues la desinformación degrada el debate público, socava la confianza institucional y distorsiona la percepción colectiva de la realidad.
La antítesis entre libertad y desinformación radica en la manipulación del lenguaje. Mientras la libertad de expresión pretende liberar conciencias, la desinformación busca capturarlas e, incluso, someterlas. Una sociedad que no distingue entre hechos y falsedades es presa fácil de líderes autoritarios, intereses económicos opacos y grupos que ven en el caos informativo una oportunidad para imponer narrativas convenientes. En ese terreno, la ciudadanía deja de ser protagonista y se convierte en pieza de un tablero político que en sí le es ajeno, donde la opinión sustituye al conocimiento y la sospecha se impone sobre la comprobación.
El problema es que la desinformación no se limita a las redes sociales, pues también permea en medios impresos, discursos oficiales y estrategias de propaganda. Cuando el Estado o algún grupo político utiliza datos incompletos, narrativas fragmentadas o verdades a medias, reproduce el mismo patrón que critica en el espacio digital. Y cuando los actores privados como los grupos empresariales o los intereses económicos distorsionan la información para proteger intereses corporativos o captar audiencias, el derecho a expresarse se vuelve instrumento de lucro, no de pluralidad. En ambos casos se genera un círculo de desconfianza que debilita la institucionalidad democrática y erosiona la vida pública.
La limitación legítima de la desinformación no consiste en censurar voces disidentes, sino en establecer mecanismos que permitan identificar, contrastar y desactivar contenidos manipulados sin vulnerar el derecho fundamental a expresarse. Una democracia madura no combate la desinformación imponiendo silencios, sino ampliando la capacidad de sus ciudadanos para comprender, cuestionar y rechazar lo falso.
El reto contemporáneo es recuperar la ética de la palabra pública, pues la libertad de expresión solo puede sostenerse si se respeta el valor de la verdad, porque sin verdad no hay diálogo posible y sin diálogo no existe comunidad política. En un mundo saturado de voces, donde cualquiera puede hablar y ser escuchado, la responsabilidad individual importa tanto como la responsabilidad institucional, pues la libertad no consiste en decir cualquier cosa; consiste en poder decir lo necesario sin ser perseguido y en no permitir que lo falso desplace a lo cierto. La desinformación es la antítesis de esta libertad porque no amplía el horizonte democrático, lo estrecha. Por eso su limitación no es censura, sino defensa de un bien común que es la convivencia informada, el juicio crítico y la dignidad del debate público.
Autora: Judith Erika Moctezuma Montaño
Profesora investigadora del área académica de derecho y jurisprudencia UAEH
