El reloj del instituto
Por Martha Lorena Sánchez García
Imagina caminar por el Centro Histórico de Pachuca y escuchar, entre el ruido cotidiano, el eco de un reloj que ha marcado generaciones enteras. No es cualquier reloj: su historia comienza en 1869, cuando el gobernador provisional de Hidalgo, Juan C. Doria, donó al Instituto Literario y Escuela de Artes y Oficios (ILEAO), el edificio que en un principio albergó el Hospital de San Juan de Dios y su capilla; para después, convertirse, pese a sus malas condiciones en semillero de conocimiento.
Bajo la dirección del ingeniero Pedro A. Gutiérrez, el recinto comenzó a cambiar de piel: jardines renovados, escalinatas firmes y pórticos elegantes le devolvieron la vida. Pero faltaba algo que lo hiciera inolvidable: un reloj que no solo marcara el tiempo, sino que lo narrara.
Ese momento llegó cuando el gobernador Rafael Cravioto Moreno inauguró el reloj de repetición en el frontón del antiguo Edificio de los Juaninos, el cual aún se conserva en el actual Centro Cultural Universitario “La Garza”; de acuerdo con las narraciones de la época se puede aseverar que este mecanismo marcó el ritmo de la vida cotidiana de la capital, trece años antes de que existiera el icónico Reloj Monumental de Pachuca, inaugurado el 15 de septiembre de 1910, con motivo de las celebraciones del Centenario de la Independencia de México.
Su maquinaria, cuyo origen aún divide opiniones entre la antigua Checoslovaquia y Alemania, funciona con un sistema casi coreográfico: engranes, pesas y carillones que no solo miden el tiempo, sino que lo convierten en sonido. Cada cuarto de hora no pasa desapercibido; se escucha, se siente, se vuelve parte del entorno.
Desde afuera, su presencia es discreta pero firme; la carátula de vidrio observa el ir y venir de quienes cruzan la calle Mariano Abasolo, mientras tres campanas, traídas de la antigua empresa La Esmeralda de México, resguardan su voz y durante décadas, don Carlos Peña González, un famoso guardián del tiempo, mantuvo vivo su latir hasta el año 2008.
Esta maquinaria no solo mide horas, tambien ha visto pasar generaciones de estudiantes, conversaciones apresuradas, despedidas y encuentros desde las alturas de un edificio donde conviven estilos neogótico, neoclásico, colonial y ecléctico.
Un reloj mide 86 mil 400 segundos al día, el nuestro con 129 años de vida ha marcado aproximadamente más de 4 mil 68 millones 144 mil segundos desde su origen. Pero más allá de las cifras, lo que realmente resguarda son instantes: esos que no se ven, pero que siguen resonando cada vez que sus campanadas vuelven a escucharse.
Este texto recoge relatos, voces y datos bibliográficos que dan cuenta de acontecimientos que merecen ser narrados para la vida universitaria.