Revista Gaceta UAEH

Cuerpos fuertes, mentes cansadas: la disciplina como nueva forma de control


Por Diego Armando González Jiménez1


“El poder ya no se ejerce solamente sobre los cuerpos, sino sobre la manera en que los cuerpos se gobiernan a sí mismos.”
— Michel Foucault


Cuerpos fuertes, mentes cansadas: la disciplina como nueva forma de control

En los últimos años, la disciplina personal se ha convertido en un ideal casi incuestionable. Levantarse temprano, entrenar, comer bien, estudiar, trabajar y mantenerse productivo todo el tiempo parece ser el camino correcto hacia el éxito. A simple vista, suena positivo: personas más sanas, enfocadas y con metas claras. Pero hay una pregunta incómoda que pocas veces nos hacemos: ¿en qué momento la disciplina deja de ser una herramienta y comienza a convertirse en una forma de control?

Hoy, muchas personas viven atrapadas en rutinas exigentes donde casi no queda espacio para detenerse a pensar. El gimnasio, por ejemplo, ya no es solo un lugar para cuidar la salud, sino también un símbolo de constancia, presión social y autoexigencia. Lo que parece una decisión individual está, en realidad, conectado con algo más grande: una forma de organización donde el control no se impone desde afuera, sino que se construye desde adentro.

Para entender este fenómeno, es clave observar cómo ha cambiado el poder en las sociedades modernas. Ya no se trata únicamente de prohibir o castigar, sino de guiar comportamientos de forma sutil. Como plantea Michel Foucault, la disciplina opera a través de hábitos y rutinas que las personas adoptan voluntariamente. En este sentido, el gimnasio puede verse como un espacio donde el cuerpo se entrena, mide y mejora constantemente pero también donde se interiorizan normas sobre cómo debe ser una persona “correcta”: fuerte, constante, productiva y siempre en proceso de mejora.

A esto se suma la presión constante de las redes sociales, donde se muestran cuerpos perfectos, rutinas impecables y estilos de vida hiperproductivos a diario. Sin darnos cuenta, comenzamos a compararnos y a exigirnos más. Lo que antes era una elección, ir al gimnasio o descansar, se transforma en una obligación moral donde el descanso genera culpa y el esfuerzo nunca parece suficiente.

El problema no es el ejercicio ni la disciplina en sí, sino la forma en que se integran en la vida diaria. Cuando una persona intenta cumplir con todo estudiar, trabajar, entrenar y ser productiva siempre termina en un estado de cansancio constante, este agotamiento no es solo físico, también es mental, y tiene consecuencias más profundas.

Aquí aparece una idea clave: una persona cansada difícilmente cuestiona su entorno. Como advierte Byung-Chul Han, vivimos en una sociedad del rendimiento donde el individuo se explota a sí mismo creyendo que se está realizando, cuando en realidad se está desgastando. El problema no es solo el cansancio, sino lo que este impide: pensar, cuestionar y mirar más allá de lo inmediato.

Esto tiene un impacto directo en lo colectivo. Cuando toda la energía se enfoca en mejorar el cuerpo, la productividad y la vida individual, temas como la política, la desigualdad o las condiciones sociales pasan a segundo plano. No porque no importen, sino porque simplemente no queda energía para reflexionar sobre ellos. El cansancio, sin darnos cuenta, se convierte en una forma silenciosa de control.

Además, esta dinámica genera una ilusión de libertad. Se cree que cada quien decide su rutina, su estilo de vida y sus metas, pero muchas de estas decisiones están condicionadas por el entorno social. Como señala Pierre Bourdieu, nuestras elecciones no son completamente libres, sino que responden a estructuras que influyen en lo que consideramos deseable o correcto.

El gimnasio, entonces, funciona como un espejo de esta lógica. Es un espacio de salud, sí, pero también de disciplina, comparación y exigencia constante. Es el lugar donde se construye el cuerpo, pero también donde se reproducen ideas sobre el éxito, el valor personal y lo que significa “ser suficiente”.

La disciplina no es negativa por sí misma. Puede ser una herramienta poderosa para mejorar la salud, alcanzar metas y construir una vida más organizada. El problema aparece cuando se convierte en una exigencia permanente que no deja espacio para el descanso, la duda o la pausa.

Tener un cuerpo fuerte no siempre significa tener una mente libre. Cuando toda la energía se dirige hacia el rendimiento individual, se pierde la capacidad de observar el contexto y cuestionarlo. En ese sentido, no todo lo que parece progreso necesariamente implica libertad.

Al final, la pregunta no es si debemos dejar de ser disciplinados, sino si somos capaces de encontrar un equilibrio. Un punto donde el esfuerzo no nos consuma, donde el descanso no genere culpa y donde aún exista espacio para pensar más allá de nosotros mismos. Porque, quizá, el verdadero control no está en lo que nos obligan a hacer, sino en todo aquello que dejamos de cuestionar mientras estamos demasiado ocupados intentando mejorar.



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Referencias:

  • Bourdieu, P. (2000). La dominación masculina. Barcelona: Anagrama.
  • Foucault, M. (2002). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión. México: Siglo XXI Editores.
  • Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio. Barcelona: Herder.


1Alumno del séptimo semestre de la Licenciatura en Ciencia Política y Administración Pública de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, go424789@uaeh.edu.mx