Semillas que cuentan historias: maíz y frijol en la artesanía y memoria viva de los pueblos de la Sierra Hidalguense
Por Otilio Arturo Acevedo Sandoval, profesor investigador del Área Académica de Química
Fotografía: especial
En las montañas verdes y profundas de la Sierra Hidalguense, donde la neblina abraza los caminos por la mañana y el canto del gallo se mezcla con el murmullo de los árboles, las semillas guardan secretos. No son simples granos. Son pequeñas memorias de la tierra. Son fragmentos de historia. Son vida.
Desde tiempos antiguos, el maíz y el frijol han acompañado el existir de nuestros pueblos. Han llenado los platos, las manos, los sembradíos, los rezos y las celebraciones. Pero también han llenado el arte, porque aquí, las cosas importantes no solo se cultivan, también se cuentan y las semillas cuentan.
En comunidades de Hidalgo, así como en muchas regiones de México, estas semillas se utilizan para decorar maquetas, elaborar paisajes artesanales, adornar fachadas de iglesias durante las fiestas patronales y dar vida a figuras como las Catrinas en el Día de Muertos. Con paciencia, creatividad y profundo respeto, las manos artesanas seleccionan grano por grano para formar imágenes que celebran la identidad, la fe, la memoria y la resistencia de los pueblos; no es una artesanía cualquiera, es una manera de hablarle al mundo, sin palabras, quiénes somos.
El maíz como origen, el frijol como corazón, para muchas culturas originarias, el maíz no es solo alimento, es origen, es carne y espíritu.
Los pueblos nahuas cuentan que los seres humanos fueron formados de maíz, los otomíes dicen que cuando sembramos la milpa, sembramos también nuestra propia vida.
Mientras que las semillas azules, rojas, blancas y amarillas representan los colores del universo, los rumbos del mundo y el equilibrio de lo sagrado. El frijol, compañero inseparable del maíz, simboliza comunidad, lazos y reciprocidad. En la olla humeante, en la semilla que brota, en la tierra húmeda que guarda la esperanza de la cosecha, el frijol recuerda que nadie vive solo.
La vida es trama, mezcla y vínculo; por eso, cuando estas semillas se colocan sobre una tabla, sobre una fachada o sobre la figura de una Catrina, no solo se está creando arte, se está narrando la historia de un pueblo entero.
Artesanía que nace de la milpa y vuelve a ella.
En la Sierra es común que en las épocas de fiesta, las comunidades preparen fachadas temporales para la iglesia. Sobre marcos de madera o carrizo, las familias pegan granos cuidadosamente, formando flores, grecas, caminos, montañas, rostros y símbolos religiosos. La comunidad mira, reconoce, se mira a sí misma.
Mientras que en el Día de Muertos, las Catrinas decoradas con semillas no solo son figuras bonitas son representaciones del ciclo de la vida, muestran que la muerte no rompe la historia, sino que la continua, que los que se fueron siguen regresando y el recuerdo es una semilla que vuelve a brotar.
En talleres artesanales, escuelas, casas y plazas, las maquetas elaboradas con semillas representan iglesias, plazas, animales del campo, paisajes de la Sierra y elementos de la milpa. Infancias, jóvenes y personas mayores se reúnen para crearlas, se aprende haciendo, se aprende mirando, se aprende escuchando.
Así se transmite la memoria, así se sostiene la cultura, la importancia de preservar lo nuestro.
Hoy, los tiempos cambian rápido, los colores artificiales, los materiales sintéticos, la comida procesada y los modelos culturales globales intentan ocupar espacios que antes pertenecían a lo propio; sin embargo, en cada semilla seleccionada y colocada con paciencia en una obra artesanal, hay un acto de resistencia cultural. Es una manera de decir: aquí seguimos, aquí estamos, nuestra historia vive, nuestra tierra habla.
Usar semillas en la artesanía es defender el maíz nativo, las variedades locales de frijol, la milpa, el ritmo de las lluvias, el trabajo comunal, la lengua, la memoria y el corazón que resiste. No se trata solo de conservar una técnica, se trata de preservar una forma de mirar la vida, un arte que une generaciones.
Estas prácticas tienen algo hermoso, no necesitan maestros formales para transmitirse, se enseñan en la cocina, en el campo, en la fiesta, en el descanso, en la plática al caer la tarde.
Una abuela, mientras desgrana, cuenta cómo su madre le enseñó. Un niño pregunta cómo pegar el grano sin que se caiga, un joven observa y aprende, sin saber que está aprendiendo mucho más que una técnica: está aprendiendo a pertenecer.
Cada semilla colocada es un acto de amor, porque quien coloca semillas, siempre está sembrando algo.
Un llamado a reconocer y valorar, las semillas en las artesanías son pequeñas, sí; pero su significado es inmenso, representan lo que somos y aquello que no queremos olvidar. Por eso, hoy se vuelve necesario valorar, difundir y proteger estas prácticas:
- Apoyando a las artesanas y artesanos.
- Promoviendo el uso y conservación de semillas nativas.
- Transmitiendo estas tradiciones a niñas, niños y jóvenes.
- Reconociendo el poder cultural de lo que parece sencillo.
La preservación cultural no ocurre sola, se cuida, se defiende, se siembra.
Las semillas de maíz y frijol utilizadas en las artesanías de la Sierra Hidalguense y otras regiones del país guardan el pulso de una historia viva. Cada grano es un testigo silencioso de la relación entre la tierra y las personas, entre el pasado y el presente, entre lo sagrado y lo cotidiano. Cuando vemos una maqueta hecha con semillas, una fachada de fiesta patronal o una Catrina cuidadosamente decorada, no solo estamos viendo arte. Estamos viendo una memoria colectiva que se resiste a desaparecer. Porque mientras haya manos que siembran, que coloquen, que recuerden, que enseñen y que celebren, habrá pueblo, habrá historia y habrá esperanza. Y esa esperanza, como las semillas, siempre vuelve a brotar.
Cultivando esperanza, diversidad y autonomía