Inundaciones por el fenómeno Priscila: una señal que no podemos ignorar
Por Otilio Arturo Acevedo Sandoval, profesor investigador en el Área Académica de Química
Fotografías: Alejandra Zamora Canales
En octubre de 2025, el fenómeno climático Priscila descargó lluvias como no se recordaban desde hace décadas sobre la Sierra Hidalguense. En menos de 48 horas cayó el equivalente a más de dos meses de lluvia. Los ríos crecieron sin aviso, los taludes cedieron y los caminos se convirtieron en corrientes de lodo. Varias comunidades quedaron aisladas.
Lo que se escuchó no fue solo lluvia… fue la incertidumbre tocando las puertas.
Madres preocupadas por la salud de sus hijos e hijas, jóvenes buscando señal para pedir ayuda, personas adultas mayores recordando que “antes no llovía así”. El cambio climático no llega con discursos científicos… llega con lluvia en los techos más frágiles.
Cuando hablamos sobre este tema, muchas personas piensan en conferencias globales, en cifras o en acuerdos políticos. Pero en la Sierra Hidalguense el cambio climático se vive cuando un puente se rompe y tardas semanas en repararse, cuando el maíz almacenado se moja y se pierde, o cuando una persona embarazada no puede llegar a un centro de salud porque el camino está cubierto de lodo.
El impacto climático no se mide solo en milímetros de lluvia, sino en días sin medicina, en infancias sin clases, en campesinos sin mercado.
De acuerdo con la Coordinación Nacional de Protección Civil (CNPC), más del 35% de las localidades en zonas serranas de México son vulnerables a quedar aisladas por deslaves en temporadas de lluvia, en Hidalgo, una de cada cuatro familias de estas zonas dependen de caminos rurales inestables para acceder a servicios básicos como escuelas y clínicas.
La Sierra nunca ha sido un territorio pasivo, la historia de estas comunidades está hecha de trabajo colectivo y estrategias de adaptación aprendidas con el tiempo; proteger caminos con faenas, resguardar semillas en lugares altos, habilitar rutas alternas cuando las carreteras oficiales colapsan, esa es resiliencia viva. Pero estas estrategias rara vez aparecen en los documentos oficiales y la resiliencia no puede sostenerse solo con voluntad comunitaria.
Sin embargo, esas estrategias nunca aparecen en los documentos oficiales de gestión del riesgo, las comunidades saben adaptarse, pero no pueden hacerlo solas, el Estado debe reconocer y fortalecer esas capacidades, no sustituirlas.
La adaptación climática no se decreta… se construye con el pueblo adentro.
La Sierra Hidalguense aporta recursos, agua, cultura y biodiversidad tanto al estado como al país. Sin embargo, recibe poco a cambio, los fondos de emergencia llegan tarde o no llegan. Las políticas públicas no consideran la realidad geográfica y social de la montaña. Se habla de sostenibilidad, pero la infraestructura básica sigue siendo vulnerable.
Por eso, no basta con regresar a la normalidad, porque la “normalidad” para muchas comunidades significa caminos precarios, internet intermitente, sistemas de alerta inexistentes y cero presupuesto para prevención.
Aquí es donde la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH) asume un compromiso real, desde la investigación científica, la capacitación comunitaria y los programas de vinculación social, la UAEH trabaja para:
- Fortalecer sistemas de alerta temprana locales
- Desarrollar mapas participativos de riesgo
- Capacitar brigadas comunitarias
- Impulsar educación climática en escuelas rurales
- Documentar el conocimiento local como patrimonio vivo.
Porque la adaptación climática no se decreta… se construye con la gente adentro.
Construir resiliencia es cuidar lo que somos.
Es caminar la Sierra con respeto.
Es poner la ciencia al servicio de las comunidades.
Es entender que la montaña habla, y que escucharla es el primer acto de protección.
El agua puede cortar los caminos, sí, pero no debería cortar la solidaridad, la organización ni la esperanza.
La Sierra vive con una fuerza antigua, hecha de montaña, agua y comunidad. Pero también enfrenta riesgos que cada año se vuelven más intensos. Para cuidarla y cuidarnos, es necesario actuar juntos, desde lo que podemos hacer hoy hasta lo que construiremos con visión de futuro.
En el corto plazo, es fundamental organizar sistemas de prevención y reacción inmediata; establecer sistemas comunitarios de alerta temprana, usando radios, altavoces y señalizaciones claras en los caminos. También es importante mapear en conjunto las zonas de riesgo, escuchando la experiencia de quienes viven y conocen el territorio.
Para enfrentar cualquier emergencia, se propone fortalecer brigadas comunitarias locales, capacitadas en primeros auxilios, rescate y organización. Además, conviene contar con rutas alternas seguras, reconocidas oficialmente, para no quedar aislados en caso de deslaves o cortes de camino, y sobre todo, comunicar la información en las lenguas originarias de las comunidades, tanto por radio como por los canales comunitarios que la gente suele utilizar.
Mirando hacia el mediano plazo, la resiliencia se construye día a día, por ello, es necesario incorporar la educación climática y de gestión de riesgos en las escuelas, vinculándola al territorio y a las prácticas locales. También se pueden desarrollar infraestructuras verdes, como muros vivos y drenajes adaptados al paisaje de montaña, que protejan al mismo tiempo que respetan la naturaleza.
Para que las comunidades puedan decidir y actuar, se plantea crear fondos locales de acción climática, administrados de manera transparente con representación comunitaria. Además, fortalecer la producción y los alimentos locales ayudará a que, en tiempos difíciles, no falte lo esencial. Mientras que la conectividad comunitaria, ya sea a través de internet local o sistemas de emergencia, puede marcar la diferencia entre aislamiento y coordinación. Finalmente, es necesario reconocer y valorar la sabiduría local, esa capacidad colectiva de adaptarse, observar y proteger el territorio, como un patrimonio vivo.
Construir resiliencia no es solo prepararse para el riesgo: es cuidar lo que somos, es caminar la Sierra con respeto, con solidaridad y con la certeza de que, al actuar juntos, podemos enfrentar cualquier desafío.
El agua puede cortar caminos, sí. Pero no debería cortar las redes de solidaridad, conocimiento y acción colectiva. La Sierra Hidalguense no pide compasión, pide colaboración, inversión justa y respeto por su sabiduría.
Porque la verdadera resiliencia no es resistir en silencio… es ser escuchados antes, durante y después de la tormenta.