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Terrazas es un voraz lector

de filosofía y teoría del

arte y la arquitectura. Su

alegría de pensar lo ha

llevado a ser amigo de

algunos de los intelectua-

les más sobresalientes de

México; en primer lugar

–y aquí el “México” queda

corto– Iván Ilich, a quien

Terrazas considera su

maestro y de quien here-

dó, quizá, esa constante

preocupación por elucidar

la naturaleza de la “nueva

era” –que según Terrazas

se inició en los años 1950

con la serie de ensayos

nucleares en el atolón de

Bikini–: de los tiempos

que vivimos.

El artista vuelve la vista

con perplejidad y se pre-

gunta, ¿de qué se trata

nuestro tiempo? Aún no

lo sabemos. En los años

1970 Terrazas publicó sus

reflexiones en

La indus-

tria de la deconstrucción

y

Códice para la solidaridad

y desarrollo

. Sus preguntas

lo llevaron a constituir,

con Víctor Urquidi y

otros, al luminoso Centro

Tepoztlán, que se reúne

periódicamente desde

1980. Son muchos los

diálogos que Terrazas ha

construido a lo largo de

su vida.

En el centro de todo, en

el quinto punto, hay, en-

tonces, un hombre ante

una inmensa, nueva era,

desconocida, a la que res-

ponde (¿ofrenda?) con un

cosmos, sin límites, que es

un juego, que es armonía,

que es posibilidad pura.

Que es un sol, en sus ma-

nos. Que es sonrisa.

* (México, 1957) Escritor y cu-

rador de arte contemporáneo,

ha sido director de Exposiciones

Internacionales del INAH, agre-

gado cultural de la Embajada de

México en India y director del

Museo de la Ciudad de México.

al sur de su cuadrado fun-

dacional, en el lugar de la

dicha, del paraíso.

Para los antiguos mesoa-

mericanos había un quin-

to punto: el centro. Se tra-

ta de la pauta del 5, como

los dedos de la mano. Le

he preguntado a Eduardo

Terrazas qué une, para

él, los cuatro lados de su

“mandala”: el diseño, la

arquitectura, el urbanis-

mo y el arte. Después de

largos silencios contesta:

el pensamiento. Su pasión

por pensar, por leer, por

razonar, por dialogar.