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El cromatismo, en esas

obras, resulta tan impor-

tante como el juego de

líneas, digamos “geométri-

co”: se trata de una com-

pleja, bien pensada, inteli-

gente

irradiación

–¿o irra-

diación de la inteligencia?

Está hecha, casi siempre,

de colores primarios que

se conjugan,

juegan

, se

imantan, se fragmentan,

se descolocan, se unen,

desaparecen… la “estruc-

tura” –como él enigmá-

ticamente la llama– se

vuelve música y el nombre

de ese

cosmos

podría ser

otro: “armonía”.

En el fondo de la obra

artística de Eduardo Te-

rrazas hay una sonrisa y

al decir de una amiga en

una de sus exposiciones,

muestra la “perfección

inherente” que subyace en

nosotros –o en todo. Cas-

toriadis, el gran filósofo

contemporáneo, decía que

la verdad se reconoce por-

que, de pronto, “la cosa”

–en el sentido filosófico–,

“sonríe”.

Desde fines de los años

1960 y comienzos de los

1970, Terrazas comenzó a

enviar sus obras a Santos

Motoaapohua –y ahora a

su hija–, un artista hui-

chol, para que las realice

en hebra de lana teñida

con colores intensos –así

sean blancos–, adherida

con cera de Campeche

a un soporte plano, a la

manera de las

tablas

hui-

cholas. La hebra acentúa

el movimiento concéntri-

co, las paralelas, la irra-

diación, pero sobre todo,

añade un factor decisivo

en el pensamiento de

Terrazas: la calidez de la

mano, de lo humano, de

lo llamado “artesanal”. Es,

por decirlo así, la inscrip-

ción del hombre en ese

campo ilimitado de posi-

bilidades. En ese sentido

es como la mano impresa

en la pared de la caver-

na.

Presencia

. Presencia

desnuda, sin más, a la vez

silenciosa y estridente. Un

saludo de manos, dar la

mano. ¿En el fondo, hay

algo más qué decir?

To-

getherness.

La hebra se convierte, a

veces, en chaquira, otro

elemento en el que los

huicholes han demostrado

una maestría casi sobre-

natural.

Como lo muestra su li-

bro

Posibilidades de una

estructura

(2012), desde

hace cerca de cuarenta

años, Terrazas explora de

un modo dichoso y sin la

impresión de llegar a un

límite, las posibilidades

del juego que inventó. Un

juego que, a la vez, es co-

nocimiento; que crea un

mundo, o mundos, donde

habitar: una

Segunda na-

turaleza

, como tituló su

exposición en el Museo

Carrillo Gil (2015).

Colocaría a la obra artís-

tica de Eduardo Terrazas