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Hace poco, Eduardo Te-

rrazas decidió dejar, al

menos por ahora, esos tres

puntos cardinales de su

vida para concentrarse en

su obra personal, como

artista, que siempre ha

realizado, desde que un

profesor le aconsejó, en la

universidad, que “estudia-

ra” a Mondrian.

En 1972 expuso por pri-

mera vez sus cuadros en

el museo del Palacio de

Bellas Artes. Al concluir

las olimpiadas, o acaso

durante ellas, Terrazas

comenzó a explorar las

posibilidades de un círcu-

lo inscrito en un cuadra-

do, con cuatro cuadrantes,

cruzado por diagonales.

Para él, el universo ente-

ro y sus diversas fuerzas

están contenidas en ese

cuadrado

: es como la cifra

última de todo.

Y de manera significativa,

la exploración se trans-

formó, de inmediato, en

juego. El orden sigue allí,

pero siempre es distinto –

otra paradoja. Es un orden

abierto que, en cuanto se

le toca, se transforma. En

ese sentido, el nombre

de ese

cosmos

podría ser

“posibilidad”. Posibilidad

pura. Juego.

la dirección que cierra un

ciclo para inaugurar otro.

El último de ellos, el de

Reynosa, resulta más “per-

sonal” por su cromatismo,

su irradiación, la irresisti-

ble fuerza, digamos solar,

de sus paralelas, su aire lú-

dico, su enorme vitral con

la gráfica gestual, expresi-

va, del propio arquitecto,

y en este sentido anticipa,

a mi parecer, el profundo

deseo de volver a su obra

artística -“a la pintura”,

como él la llama.