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Por Conrado Tostado*

en cientos de hermosas

publicaciones que hoy día

conservan su frescura;

desde objetos o

happe-

nings

como los globos

habitados por modelos,

mascadas, mini-vestidos y

otras prendas… hasta en

el pabellón de México en

la célebre Trienal de Mi-

lán, en el verano de 1968

.

Una imagen que, sobre

todo, se proyectó en el

subconsciente del país.

Crear la imagen de un

país es crear

la idea

del

país: algo sin duda cerca-

no a inventar –o revelar–

al país mismo. Ese es, al

menos, el sentido que Te-

rrazas, junto con Beatrice

Trueblood, le dieron a la

misión que les encomen-

dó en 1966 el arquitecto

Pedro Ramírez Vázquez,

presidente del Comité

Organizador de los Juegos

de la XIX Olimpiada. Más

que un gesto personal,

más que la expresión de

un yo creador, la imagen

debía resolver una

función

–por no decir “despejar

una ecuación”–: definir la

contemporaneidad –y, a la

vez, la

diferencia

– del país.

En este sentido, Terrazas

coincidió con los intelec-

tuales y artistas más inte-

resantes de los años 1950

y 1960 en un aparente oxí-

moron: la modernidad de

México radica en su anti-

güedad, y la antigüedad de

México hunde sus raíces

en su contemporaneidad.

Octavio Paz afirmaba,

desde los años 1950, que

había que buscar la mo-

dernidad de México en su

subsuelo psíquico y Fer-

nando Gamboa impresio-

nó al mundo exhibiendo

piezas prehispánicas al

lado de obras de artistas

contemporáneos en la

exposición

Obras maestras

del arte mexicano

–que,

por cierto Terrazas, llevó

de San Petersburgo (en-

tonces Leningrado) a Var-

sovia y París, para hacerse

cargo de su museografía,

en 1962.

ANTE UNA NUEVA ERA