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frentado a verdaderos hampones en una escuela neo-

yorquina (por cierto, uno de los alumnos conflictivos

es nada menos que Sidney Poitier). O incluso el de

la mexicana

Río Escondido

(1947), obra del Emilio

El

Indio

Fernández, cuya protagonista (María Félix) es

una valiente maestra que –bajo órdenes del presidente

Alemán— acude a dar clases a un pueblo dominado

por un torvo cacique, que prefiere persista la ignoran-

cia. En ambos títulos, la redención es previsible.

(El cine mexicano, de hecho, no se ha ocupado con

frecuencia del tema educativo. Y, a veces, el tono es

abiertamente retrógrada como es el caso de

El profe

, de

1965, vehículo para que Cantinflas imparta su discurso

oficialista a un salón compuesto sólo por varoncitos).

También los alumnos con capacidades distintas han

sido enfocados por el cine, a veces con más fortuna.

La maestra milagrosa

(1962), de Arthur Penn, es una

sensible recreación de cómo Helen Keller, en su in-

fancia, fue enseñada por una institutriz a sobrellevar

su condición de ciega y sordomuda. Con intensas

actuaciones de Anne Bancroft y Patty Duke, la pelí-

cula incluso consigue evitar el sentimentalismo. Con

similar sobriedad, el francés François Truffaut dirigió

y protagonizó

El niño salvaje

(1969), en que un niño

abandonado en el bosque a fines del siglo XVIII es

instruido por un científico con el afán de integrarlo a

la sociedad. Para un mayor sentido de autenticidad, la

película está filmada en blanco y negro, con recursos

propios del cine mudo.

En ocasiones, la escuela ha servido como micro-

cosmos para lograr objetivos satíricos. Así, en 1933

el cineasta francés Jean Vigo situó su primer largome-

traje

Cero en conducta

en el contexto de un internado

para niños. Entre apuntes de un humor surrealista y

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