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A

sí como el viejo que guía sus pasos por el

sendero trazado por las vías del tren –en una

imagen tomada en algún lugar de Zacatecas

hace casi 30 años–, Pedro Valtierra camina por la vida

con un destino preciso, marcado por él mismo, crea-

do por la vocación del fotoperiodista pero también

por esa necesidad tan suya de mirarlo todo.

Antes que nada, Pedro es un caminante perpetuo y

un observador en alerta permanente. No hay otra ma-

nera de explicarse la búsqueda constante del detalle

oculto en una calle oscura; el instante justo en que una

figura traspasa un umbral; las figuras y formas que

caracolean a través de una escena o la traspasan en

extrañas formaciones; o el cuadro construido por los

personajes en un entorno que da sentido a la ironía.

Para abrirnos la vista el mundo, tuvo que caminar

mucho. Y, sobre todo, observar. Quizá todo esto es

un remanente de sus largas jornadas de pastoreo en

su infancia campesina en los cerros zacatecanos de

Ábrego, allá a principios de la década de 1960, cuando

se detenía sólo para mirar hacia el cielo e imaginar

mundos desconocidos. Veía las nubes y la naturaleza

porque no había nada más que ver. Pero supo desde

entonces que había mucho más que sus ojos atrapa-

rían. Era el fermento de una especie de hambre en la

mirada.

Los pasos constantes se remontan también a su ir

y venir por las calles de Fresnillo cuando –en un pri-

mer y lejano acercamiento al periodismo–, vendía los

diarios locales y los que llegaban de la entonces sólo

imaginada capital.

Ese caminar incansable es seguro también un peda-

cito de aquellos días en que recorría avenidas, merca-

dos y parques con su cajón de bolear, ya expulsado del

terruño y adoptado por la Ciudad de México. Pasos y

pasos que lo llevaron a convertirse, primero, en bolero

oficial de Los Pinos –su rumbo siempre fue Tacuba-

ya–, y luego auxiliar en el laboratorio de fotografía de

quienes cubrían las actividades del entonces presiden-

te Luis Echeverría Álvarez.

Envuelto en la oscuridad y acompañado por el olor a

los químicos, vio aparecer una imagen en la charola del

revelador y la vida cobró sentido ante la magia testimo-

niada. Desde entonces supo hacia dónde quería dirigirse.

Supo desde entonces que había mucho más que sus ojos

atraparían. Era el fermento de una especie de hambre en la mirada

Mirando al papa, Puebla, 1979