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Desde la convicción de que no hay gran arte que no participe de la seriedad del

juego, la obra de Carlos Jurado se nos ofrece como

trasmutación visual de sus experiencias, visiones y ensoñaciones

Autorretrato con cámara

L

a creatividad plástica, iconográfica y fotográfica

de Carlos Jurado Delmar no admite demarcacio-

nes tajantes ni etiquetas simplificadoras. Nacido

en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, el año de 1927, a

lo largo de su trayectoria artística, que a la fecha abarca

ya más de seis décadas, no ha dejado de ser a la vez cul-

tor, renovador y tránsfuga de una amplia variedad de

oficios, prácticas y géneros relacionados con la fabrica-

ción de imágenes. En correspondencia a un itinerario

biográfico marcado por las mudanzas y el vagabundeo

–vía nomenos exigente que el estudio de los doctos libros

que le permitió conocer la vida circense y la vastedad

de los océanos–, los modos expresivos de Jurado han

sido igualmente inquietos: del gran formato de la pin-

tura mural a la pequeña impresión de una fotografía

estenopeica; de la pieza única fruto de los coloridos

trazos de los pinceles a la copia múltiple hecha posible

por el

offset

o la serigrafía; de las figuraciones de esce-

nas fantásticas a los relatos literarios que nos recuerdan

cuánto de fábula tiene nuestra memoria histórica.

Desde la convicción de que no hay gran arte que no

participe de la seriedad del juego, la obra de Carlos

Jurado se nos ofrece como trasmutación visual de sus

experiencias, visiones y ensoñaciones personales, y

asimismo como prueba de que la imagen, en tanto tie-

rra prometida, no tiene límite alguno en cuanto a los

caminos que le dan acceso, a condición de que no se

les reduzca a la espuria condición de atajos rutinarios.

En su etapa formativa como pintor, en la primera

mitad de los años cuarenta del siglo pasado, Carlos

Jurado estudió en la escuela La Esmeralda, donde

fue alumno de María Izquierdo. En la siguiente dé-

cada, al tiempo que recorría el país trabajando para

el Instituto Nacional Indigenista, se integró como

miembro foráneo al Taller de la Gráfica Popular. La

primera exposición de su obra pictórica data de 1957,

pero ese sólo fue el principio de una carrera en que

luego portaría, sucesiva y simultáneamente, las casacas

de pintor, diseñador gráfico, promotor cultural, fun-

dador de escuelas, maestro de artes visuales, alqui-

mista, mago, fotógrafo y antifotógrafo.

En esta última vertiente se dio a conocer en 1973

con la exposición

Antifotografía con cámaras de

cartón sin lente

, que se presentó en la sede del Ins-

tituto Francés de América Latina de la ciudad de

México. Tiempo atrás, al ayudar a su hija Zinzuni

a resolver una tarea escolar, había descubierto las

posibilidades artísticas de esa clase de rudimenta-

rios aparatos que no contaban con otro artilugio

óptico que un pequeño orificio –el estenopo–, las

cuales eran capaces de producir imágenes tocadas

por la bruma de los sueños. En 1974 se publicó

su libro

El arte de la aprehensión de las imágenes

y el unicornio

, reconocido con justicia como uno

de nuestros clásicos en la bibliografía fotográfica

mexicana. Mixtura de ficción literaria, indagación

histórica y manual práctico para la construcción de

cámaras estenopeicas, en las páginas de esa breve

y sustanciosa publicación se propuso una versión

alternativa y descolonizadora de la invención de

la fotografía. Ni a Niépce ni Daguerre ni a Talbot

se podía acreditar tal prodigio técnico, que varios

siglos antes había sido obsesión de magos y alqui-

mistas como el árabe Adojuhr. Este sabio oriental,

cuyo nombre lo delataba como

alter ego

de Jurado,

trasmitía el siguiente secreto en cuanto a la aprehen-

sión de las imágenes, cuya validez será incontesta-

ble en tanto la fotografía siga siendo tributaria de

las potencias de la imaginación y no únicamente

de la sofisticación de los aparatos:

“Se toma un cuerno de unicornio, se aguza fina-

mente por la punta y con él se practica un pequeño