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De la emulsión al píxel:

brevísima crónica de una paradoja

Por Luis Tovar*

E

n el mismo espíritu de la célebre metáfora

acerca del origen –“¿qué fue primero, el huevo

o la gallina?”–, cabe preguntarse si la digita-

lización de la imagen cinematográfica es anterior o

posterior a la necesidad real de abandonar el soporte

físico conocido como “película” y que, precisamente,

dio al producto cultural el nombre con el que sigue

identificándosele –película, filme, cinta–, ya se trate

de ficción, documental, cortometraje, largometraje o

cualquiera de sus combinaciones.

Más específicamente, cabe preguntarse sobre la causa

última de la mudanza, todavía reciente, del rollo de pe-

lícula fotosensible a la captura digital de la imagen.

La respuesta es fácil: fue el afán de reducir costos,

y no el de incrementar la calidad, el que orilló a los

cineastas a optar por la segunda, y la prueba está en

que los propios realizadores cinematográficos –se

habla aquí de los primeros que dejaron a un lado las

Panaflex, Arriflex y demás cámaras de 35 y 16 milí-

metros– aceptaron que si bien ese cambio les permi-

tía llevar a término una producción, el precio a pagar

no era en lo económico sino en términos visuales:

comparada con la calidad de la imagen cinematográ-

fica, la digital de los primeros ejercicios cinemato-

gráficos dejaba mucho que desear e, inevitablemente,

la sensación del espectador era la de estar ante una

obra menor, cuando no deficiente y, en ciertos casos,

la de haber presenciado algo que no podía ser lla-

mado cine sino, de manera general y más bien vaga,

“video”.

Sin embargo, desde aquellos tiempos –insístase,

más bien recientes, pues no han pasado desde en-

tonces sino unos diez años cuando mucho– al pre-

sente, las cosas han cambiado. En primera instancia,

el cine que se realiza con película fotosensible está

muy próximo a convertirse sólo en un recuerdo, y

eso nada más para las generaciones de espectadores

con la edad suficiente para guardar en su memoria

la textura, luminosidad, profundidad visual y defini-

ción específicas de los formatos 35, 16 e incluso los

8 y súper 8 milímetros. Muy pronto, el espectador

promedio no tendrá más referente de calidad visual,

cinematográficamente hablando, que el emanado de

la producción digital, misma que, desde luego, está

en permanente y acelerado perfeccionamiento en