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C

uando Joseph Conrad describió al Congo como

“el corazón de las tinieblas”, hacía al mismo

tiempo instantánea y profecía: sus personajes

se mueven al finalizar el siglo XIX en el escenario

del llamado –con todo sarcasmo– Estado Libre del

Congo, un triste eufemismo para enmascarar el co-

lonialismo más brutal ejercido contra África, el del

rey Leopoldo II de Bélgica, quien reservó esa enorme

porción del centro del continente para explotarla en

beneficio personal, sin contemplaciones con la natu-

raleza, el dolor o la vida. “El horror, el horror”, resume

Kurtz, el traficante de marfil, al fallecer víctima de la

fiebre de la jungla.

Esas palabras son también las que Francis Ford

Coppola puso en labios de Marlon Brando en

Apoca-

lipsis Ahora

, su filme de 1979, inspirado en la obra de

Conrad. Y siguen siendo, bien entrado el siglo XXI,

las que sacuden el espíritu de quienes se aventuran en

el país más grande del África Subsahariana, con un

territorio 350 mil kilómetros cuadrados mayor que el

de México.

Horror y dolor. Violencia y demencia. Bellezas y ri-

quezas de la tierra que los congoleses han tenido la

mala suerte de habitar. Las que otros, los más fuertes,

quieren y están dispuestos ya no sólo a arrebatarles,

sino a someterlos para ahorrarse esfuerzos. Los po-

bladores sufren un despojo sin fin, y además son es-

clavizados para ejecutarlo. Lo sufrenmás los niños y las

mujeres. Y gracias a ello, los comercios de las naciones

ricas del mundo se llenan de diamantes y de joyería de

oro, y miles de millones utilizamos teléfonos celulares.

Aunque el trabajo de Marcus Bleasdale es muy bien

conocido y apreciado, la primera ocasión en que lo

sentí cerca de mí fue en enero de 2010, en la ciudad de

Goma, en el este del Congo. Les pregunté a dos médi-

cos africanos cómo ir a una población al sur, Bukavu,

a conocer a un auténtico héroe de la humanidad, el

doctor Denis Mukwege, el cirujano del Hospital Panzi

que atiende algunos de los casos de violación más

terroríficos imaginables, cometidos sistemáticamen-

te en las guerras de la región. Mi objetivo, expliqué,

era resaltar el impacto de la violencia en las mujeres.

“Quiere hacer lo que Bleasdale”, comentaron ellos como

si yo no estuviera presente. No entendían por qué un

periodista querría ir por donde otro ya pasó.

En realidad, la tragedia de la República Democrá-

tica del Congo está insuficientemente documentada:

para empezar, porque el mundo no quiere saber de

qué manera tan directa e inapelable están relaciona-

dos su bienestar y el sufrimiento de los congoleses; y

también, porque hay como dos millones de asuntos

más fáciles de cubrir, más atractivos para el públi-

co y más propicios para vender reportajes. Viajar al

Congo, transportarse y vivir en un sitio con infraes-

tructuras inservibles desde hace 60 años, arriesgarse a

morir por efecto de las manos de los hombres o de las

picaduras de los insectos, y salir después a encontrar

que la mayoría de los editores sólo quieren comprar

De la serie “Descenso a los infiernos”

temas simples, inocuos y banales, es una experiencia

que muchos preferirían evitarse.

Marcus no. Visitó por primera vez el país en 1998,

cuando ya había empezado la serie de guerras civiles

en la que murieron al menos cinco millones de per-

sonas, más que en cualquier otro conflicto desde la

Segunda Guerra Mundial. El horror. El horror que

hubiera doblegado a otros, que los hubiera convenci-

do de que el costo emocional, además de las penurias

físicas, es demasiado grande. Que hay que escapar de

él y olvidar a quienes no pueden hacerlo.

Regresar a seguir documentando el horror fue un

compromiso personal de Marcus, pues, como escri-

bió, la “tragedia humana continuada del Congo son

1450 tragedias al día. Incontables (tragedias) más si se

incluye a los huérfanos, a los que están de luto, a las

viudas, a las olas de vidas truncadas que se despren-

den de una sola muerte”.

Haciendo eco de Conrad y de García Márquez, el pri-

mero de los libros de Marcus, del 2002, se llamó

Cien

años de tinieblas

. El segundo, que fue premiado, fue

La

violación de una nación

, del 2009. Su trabajo con la or-

ganización de derechos humanos Human Rights Watch

produjo el informe

La maldición del oro

, en el 2005.

Éstas y otras obras tuvieron un enorme impacto,

pues contribuyeron a formar conciencia de que la ex-

plotación de la mano de obra esclava que emplean las

milicias en las minas congolesas, con toda la sangre

que se derrama cada día, persiste gracias a las multina-

cionales que les compran el oro y los diamantes, así como

el coltán que se usa en numerosos aparatos electrónicos.

El trabajo deMarcus y otros periodistas han impulsado a

algunos gobiernos y compañías a realizar esfuerzos para

dejar de financiar el horror en África Central.

El sufrimiento de los niños y de las mujeres también

ha sido un tema central para Marcus, pues él cree que

con su trabajo puede tener influencia en los planifica-

dores de políticas públicas internacionales. Además,

ha fotografiado problemas sociales en otros países de

África y del globo, desde Chad hasta Estados Unidos.

En años recientes, registró el violento conflicto en Re-

pública Centroafricana, acompañando al director de

emergencias de Human RightsWatch, Peter Bouckaert.

Pese a todo el dolor que transmiten sus imágenes,

sin embargo, Bleasdale busca transmitirnos otro men-

saje, uno que olvidan quienes ven en los africanos sólo

a víctimas perpetuas y sin esperanza: “El Congo tiene

un secreto que es difícil de compartir si no lo has ob-

tenido de primera mano”, escribió en el prólogo a su

segundo libro. “Mira con cuidado y lo encontrarás en

estas páginas: un regocijo de espíritu y amor por la vida

que, incluso en los tiempos más duros, deja al mimado

occidental conmovido hasta la humildad, más allá de

las palabras”.

* (México, 1970) Periodista mexicano egresado de la Universidad Autó-

noma Metropolitana, realizó estudios de posgrado en Ciencia Política en

España y México. Autor de reconocidos libros y premiados reportajes, su

trabajo se publica en revistas de varios países como “Esquire”, “Proceso”,

“La Nación” y “El Confidencial”, entre otros.

De la serie “Descenso a los infiernos”