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Pequeño cráter 4, 2004

Pequeño cráter 6, 2004

Pequeño cráter 8, 2004

Estela 10, 1995

Pequeño cráter 1, 2004

Pequeño cráter 2, 2004

Pequeño cráter 3, 2004

No sin cierto pudor puedo afirmar que me considero un crea-

dor y recreador de imágenes, pues éste es el medio en el que traba-

jo. No lo es la palabra, ni hablada ni escrita. Esto me resulta muy

doloroso, ya que las ideas que yo pueda tener, más allá de lo que

supongo resueltas en el espacio de las artes visuales, nunca han

encontrado las palabras adecuadas para expresarse. Se observa

con frecuencia, y con razón, que lo mejor que puede hacer quien

no sabe hablar es permanecer callado. Yo lo hice durante los pri-

meros veinte años de mi actividad profesional, hasta que en una

ocasión una compañera mía, colaboradora de la

Revista de la Uni-

versidad

, pidió entrevistarme. Consecuente con mis incapacida-

des, me negué; pero ella, mes a mes, me hacía la misma petición.

Le pregunté el motivo de su insistencia, pensando en que respon-

dería algo así como que los lectores estaban deseosos de oír mis

brillantes conceptos sobre

, o mis

fantásticas opiniones en torno a

.

Pero no fue así; no recibí los halagos esperados, sino que se limitó

a decirme: “Sabes, te insisto porque me pagan seiscientos pesos

por entrevista, y los necesito”. Ante tan contundente razón, acepté.

Después de pasar seis meses fallidos en La Esmeralda, comen-

cé a tratar de pintar a principios de los años cincuenta en la aca-

demia particular de Arturo Suoto. En una ocasión tomó un plato

de cerámica y me preguntó de qué color era. Le dije que blanco.

Luego tomó un trapo y volvió a preguntarme. Lo mismo suce-

dió cuando me preguntó el color de la pared. Me puso luego las

tres cosas juntas y comprendí que el color blanco de cada una de

las tres era diferente, aunque me hubiera parecido simplemente

blanco

. Eso me dio una pauta para entender los secretos de la

pintura. También aprendí que los colores no existen de manera

independiente. Un azul, por ejemplo, no es igual si está junto a

un rojo, a un verde o a un ocre. El color se convierte en otro. Para

mí, estos sencillos conceptos, por obvios que fueran, resultaron

decisivos. Después de un año dejé la escuela. A pesar de mi ju-

ventud, ya pensaba que mi interés era el de

pintar

y no el de ser

pintor,

lo que para mí no es lo mismo.

En el comienzo de cualquiera de mis propuestas artísticas ha

estado siempre la intención de llenar un vacío, y mi interés real,

persistente, ha consistido en adivinar cómo hacerlo, en transitar

con el mejor tino posible el trayecto de la intención a su término.

Este recorrido lleno de dudas sigue siendo para mí un misterio

fascinante (quizá es el mismo misterio que originó mi vocación).

Si se supone que un escritor escribe siempre el mismo libro

aunque de muchas maneras diferentes, también un pintor puede

con infinitas variaciones pintar un mismo cuadro toda su vida.

Quisiera que de mí trascendieran no sólo una sino cinco o seis

obras; es decir, una de cada serie de las que he realizado: una

Señal

, una

Negación

, un

Recuerdo

, un

México bajo la lluvia

, un

Escenario

y una

Escritura

.

Visto de una manera más concreta, y al mismo tiempo más

compleja, el arte es un equilibrio entre cerebro (quizá alucinado)

y corazón (¿inquieto?), que se funden en razón y pasión. A mí me

parece que esta contradicción, esta relación entre semejanzas y

divergencias, es la que permite crear la obra de arte.

Cuando empiezo a pintar me enfrento a quince telas o más. Si-

multáneamente, reflexiono en torno a, proyecto, pinto y persigo