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acida en la Ciudad de México el 16 de mayo de 1942,

Graciela Iturbide es sin duda una de las fotógrafas

que gozan de fama internacional y, sin embargo,

como todos los grandes Artistas (con mayúscula),

una de las personas más sencillas que he tenido la

fortuna de conocer.

Es ampliamente conocido que fue asistente de Manuel Álvarez Bravo de

1969 a 1971, una de las principales influencias estéticas en su trabajo foto-

gráfico, aunque la discípula ya entonces evidenciaba una particular forma

de construir visualmente su entorno. Además, realizó estudios de cine y

ha sido miembro de agrupaciones como el Salón de la Plástica Mexicana,

el Foro de Arte Contemporáneo y el Consejo Mexicano de Fotografía,

donde ha dejado huella indeleble.

Es una artista visionaria que participó en la formación del movimiento

contemporáneo de la fotografía en México y Latinoamérica. Proyectando

una nueva mirada sobre el conjunto de su obra, la cual nos permite cono-

cer los diversos temas que captan su atención y las distintas formas que to-

maron cuerpo en sus creaciones, encontramos inesperadas meditaciones

sobre la luz, las sombras y las formas de la figura humana; “fotografías sus-

traídas” de la vida en las ciudades y el campo; revelaciones de la plastici-

dad de los actos cotidianos en poblaciones rurales e indígenas en nuestro

país, así como la de los pobladores de algunos territorios asiáticos. Todo

ello dominado por una visión cuyo foco es la apostura de los retratados.

Al momento de la toma, Graciela controla totalmente la sesión y el re-

sultado. Pocos fotógrafos me han impresionado por el poder de su inteli-

gencia visual. Es siempre precisa, clara y decidida en lo que desea registrar

para transmitir emociones. Ello se traduce, inevitablemente, en retratos,

paisajes o actividades de la vida cotidiana que permiten al espectador con-

templar la manera en que capta a sus modelos o escenarios con una digni-

dad estatuaria y orgullosa que no cualquiera puede transmitir.

En sus imágenes podemos reconocer reinos dispares de experiencia,

desde retratos a paisajes rurales y urbanos, así como escenarios naturales.

Cada fotografía irradia un aura de descubrimiento permanente: una cac-

tácea del Jardín Botánico de Oaxaca, el corsé de Frida Kahlo o el rostro

cansado de una figura de cera frente al mural del cráneo alegórico.

Su forma de ver es clara, objetiva y realista. Sus fotografías poseen una

intensa claridad de la visión en una larga vida llena de esfuerzo creativo

de primer orden que la mantiene fiel a su arte.

Parte de su obra reflexiona en torno a los aspectos rituales, místicos y

ancestrales de los grupos humanos; de allí su presencia en diversas festivi-

dades tanto en Juchitán, Oaxaca, como en Sonora, la India u otras latitu-

des de Latinoamérica y Europa.

El universo femenino también está presente en muchas de sus obras, en

sus manos y rostros, en las tareas cotidianas.

1

Para la artista no se trata de

que la mujer haya cambiado: la mujer siempre ha estado presente de una

manera vigorosa.

En

Mujer ángel

, una de sus obras icónicas, Graciela sintetiza en una

poderosa imagen una cita pendiente entre la tradición y la modernidad,

donde el universo femenino se abre paso para enfrentarse al espacio in-

abarcable que representa el desierto, la nada, el vacío que es, al mismo

tiempo, el comienzo, la esperanza y el anhelo.

Por otra parte,

Nuestra señora de las iguanas

, otra de sus imágenes em-

blemáticas, nos muestra el garbo, el orgullo y la distinción de una mujer

juchiteca frente a la lente. De igual manera, en la serie

White Fence Gang

,

de 1986, las mujeres del grupo posan orgullosas ante la lente de la fotógra-

fa. Incluso la propia Graciela es parte de éste universo visual femenino y

muestra de ello es su autorretrato con los indios seris.

1

Un claro ejemplo es el ensayo visual sobre la actividad femenina en

La Mixteca

,

realizado en Oaxaca en 1992.