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la fotografía conocen un ejemplo paradigmático de esa disociación: las

fotografías de Julia Margaret Cameron. Pero también esas fotos, here-

deras del moralismo victoriano, nos proveen de otra lección: el deseo

puede ser solapado, pero nunca aniquilado.

La fotografía ofrece un lugar más sofisticado para la producción

del deseo desde el cuerpo femenino; pero, en principio, ese lugar ha

servido fundamentalmente para el enseñoreamiento de la mirada

masculina. Una estructura alternativa para la estética fotográfica no

se resuelve solamente cambiando el objeto de la representación, sino

cambiando la dinámica de poder inscrita en la relación entre dicho

objeto y el sujeto que lo contempla. Siguiendo a Javier Gil, pudiéra-

mos decir que se precisa mover la mirada desde el lugar del control y

la posesión a un lugar más afectivo o, más bien, afectado.

Para ello no es menos útil el desplazamiento de la fotografía des-

de el sitio de autoridad que le confiere una cultura ocularcéntrica,

como certificación del valor de lo visible, hacia una posición que

ratifique el valor de lo imaginario y lo subjetivo en la producción de

nuestra experiencia de lo real. De ahí la importancia de prácticas

fotográficas que relativizan las nociones preconcebidas de realidad,

que exploran las zonas blandas dentro de un universo aparente-

mente inconmovible, y que vuelven frágil y vulnerable el discurso

autolegitimador del documento.

Un lugar más femenino y más fértil para la experiencia de la foto-

grafía sería el lugar de la fisura, de la rajadura que se abre entre me-

moria y verdad o entre documento y realidad. Esto implica pensar la

fotografía como objeto débil, es decir, como algo demasiado inestable

para servir de plataforma a las versiones nacionalistas, etnocentristas

y sexistas de la realidad. De antemano implica retar a los relatos he-

gemónicos sobre la realidad y a sus representaciones más conspicuas.

Pier Aldo Rovati decía, en una de sus reflexiones sobre el “pensa-

miento débil”, que es el concepto de realidad lo que debe ser revisado

con una actitud verdaderamente hostil. En el replanteamiento de la

experiencia estética, esa hostilidad llevaría a un desplazamiento del

lugar de la verdad, que tan importante resulta en la definición histó-

rica de la fotografía. Así, la foto no se vería obligada a certificar una

verdad localizada en la correspondencia entre la representación y un

objeto ubicado en un ámbito externo a nuestra propia subjetividad –el

ámbito factual y objetivo de lo real, objeto de deseo en última instan-

cia. La verdad de la representación habría que buscarla en una subje-

tividad cuyo referente real más cercano es el propio cuerpo. Lo que

se propugna desde la fotografía más subversiva es el reconocimiento

de nuevas sensibilidades y subjetividades en la relación con la repre-

sentación, elaborando nuevas formas de designar el cuerpo desde la

imagen. Es en este sentido que el lugar femenino sugiere una proble-

matización de las representaciones desde una perspectiva de género.

Como se ha visto, el primer y más notable campo de batalla es el

que concierne a las representaciones del cuerpo. Un buen ejemplo de

las tensiones políticas en torno a las relaciones de géneros es el papel

que han desempeñado las artes visuales en las últimas décadas para

desplazar la representación del cuerpo femenino fuera del control o

del campo de poder constituido alrededor de la mirada masculina.

Aunque parezca contradictorio, yo pienso lo femenino como algo

que va más allá de los límites de la sexualidad. De hecho estoy pen-

sando en una sexualidad transgresiva, una sexualidad contestataria y

provocadora. En este sentido, una fotografía femenina no tiene que

ser hecha necesariamente por mujeres o por hombres confinados al

ámbito

gay

o

queer

. Es la concepción abierta y contestataria del erotis-

mo lo que nos libra de una sexualidad constreñida por lo biológico o

por los roles sociales. Es una experiencia del erotismo más libre lo que

nos lleva a una experiencia de lo estético como ámbito de libertad o,

al menos, de resistencia.

Al conocimiento y a la

autoridad siempre se les ha

relacionado con una cierta

virilidad y una cierta

violencia, potente y posesiva.

Esa virilidad también ha

penetrado en el ámbito estético.

*

Crítico de arte, curador independiente, historiador e investigador cubano.