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Al volver a dibujar los contornos aparecen aspectos ocultos de los objetos

y los paisajes, creando un mundo hermoso donde los límites entre lo visible y

lo invisible, lo animado e inanimado, lo real y lo imaginario se confunden.

U

n día del año 2000 descubrí en la prensa una imagen espec-

tral y verdosa de un grupo de ilegales, la cual me molestó.

Una memoria familiar, hasta entonces enterrada, frag-

mentada y desordenada como un depósito de lápidas, se despertó

súbitamente por esta actualidad.

La imagen mostraba a seres humanos perseguidos como bestias

salvajes con cámaras térmicas, así como la violencia dominante de

los fuertes, dotados de una tecnología sofisticada, sobre miserables

huyendo de la guerra y la violencia. Utilizando una película infrarro-

ja transformé esta “fría” técnica de vigilancia, invirtiendo el proceso:

el calor no designa ahora la presa que se caza, sino que muestra el

aura de los cuerpos vivos y su fuerza para sobrevivir.

Los estrechos lazos que unen a los recientes eventos dramáticos

(del campo de refugiados en Sangatte, los “sin papeles”, la gente en

botes cruzando el mediterráneo para llegar a Europa…) con mi his-

toria familiar, dieron fuerza e impulso a este proyecto:

Exilio

.

En 1991 mi madre, sus padres, y por otra parte mi padre, huyeron

de la Guerra Civil que devastó a la Unión de Repúblicas Socialistas

Soviéticas.

Un periplo a través de Europa los llevó a encontrarse en Francia.

De esa época no conozco sino algunos fragmentos de la historia: el

drenaje profundo en Bélgica; un barco en el Mar Báltico; el estatuto de

refugiado; una tosca voluntad de integración (nunca fue un problema

que los niños hablaran ruso); el retorno, que nunca más sería posible.

De niña, mi novia y su madre cruzaron clandestinamente la fron-

tera desde España, por el estuario de Bidassoa, para reunirse con su

padre y esposo, ya un refugiado político, quien había llegado ante-

riormente a Francia cruzando por los Pirineos.

Los colores apuntan las etapas del exilio: verde, la partida; azul,

estar errante; y rojo, la esperanza.

Traducción del francés, Juan Manuel Ramírez