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IMAGINARIO

En el imaginario colectivo (y en la vida real, para qué nos hacemos) toda

frontera es la misma cosa: una línea imaginaria que señala dónde co-

mienza y termina un país para encontrarse con otro inmenso mundo

ajeno a él. Francisco Mata Rosas, extraordinario fotógrafo de la cultura

urbana, lo sabe muy bien. Por eso ha elegido hacer un retrato acucioso

a lo largo de los tres mil kilómetros que nos unen con Estados Unidos.

Porque sabe de memoria que, citando a Borges, no nos une el amor sino

el espanto. Construcciones, edificios, animales y objetos están retratados

en esta exposición-homenaje plena de imágenes excepcionales, listas

para habitar ese territorio frágil de la imaginación.

Hablo, por ejemplo, de la serie donde retrata los objetos personales

de los migrantes mexicanos, de todas esas pertenencias caídas en el tra-

yecto de huida rumbo a los Estados Unidos. ¿Huida? Sí, claro. Quien

tiene que asumir el riesgo de morir para instalarse en un país donde Sí

Va a Encontrar Trabajo (las mayúsculas son intencionales), está huyendo

del monstruo de mil cabezas del subempleo. Subempleo es hambre y qué

mejor manera de mostrar esa realidad que a partir de los objetos perso-

nales o a partir de los animales, como los dos perros solitarios captados

en distintos puntos de la frontera en una imagen casi gemela.

Mata es, pues, un artista contemporáneo. Se atreve desde el conoci-

miento, pero sobre todo desde la pura intuición estética, a reflejar la visión

actual de las cosas con un enfoque diferente. Saúl Bellow ya ha dicho en su

correspondencia personal que permanecer en el pasado es no tener fuerzas

para vivir. Renovarse o morir. Por supuesto. Por ello, su serie clásica sobre

la Semana Santa defeña forma parte del inconsciente colectivo de nuestra

ciudad. Por ello, más pronto que tarde, las imágenes de la frontera conteni-

das aquí se integrarán pronto a nuestro imaginario urbano, no importa lo

desérticas que resulten algunas regiones fronterizas de nuestro país.

En aquellas fotografías realizadas en los balnearios saturados durante

la Semana Santa de los años noventa aparecían los habitantes de Chi-

langolandia aglomerados en una alberca. Como si en lugar de subir al

metro hubieran decidido abordar un submarino. Algunas de estas fotos

tomadas en la frontera me hicieron recordar la huella del guante aquel

mencionado por Juan José Gurrola en relación a Marcel Duchamp. Tan-

to como las manchas de sudor retratadas por Gabriel Orozco en las sillas

de una estación. Por alguna razón también me condujeron a la imagen

de un guante caído en la vía pública que encontré un día de caminatas

obsesivas en Londres, mi segunda ciudad del alma. Al guante lo vi como

un pequeño y cálido tejido. En los dedos de estambre estaba contenida

toda la humanidad de su dueño, un ciudadano cualquiera que no supo

cuándo cayó la prenda (y menos imaginó lo que provocaría en otra tran-

seúnte sensible a ese tipo de presencias urbanas).

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FRISCO

Hablar de ciudades del alma me conduce a mi tercera ciudad del alma:

San Francisco. En su aeropuerto sufrí, hace más de dos décadas, un in-

terrogatorio feroz: “¿Te pagó el boleto tu novio? ¿Vienes a América a

quedarte? ¿Traes dinero?”, me gritó el menudo oficial pelirrojo mien-

tras olisqueaba lo que imagino consideraba mi basura de inmigrante:

un

lipstick

rojo y un desodorante diminuto. ¿Andaba en busca de alguna

droga? También leyó todos los apuntes de mi libreta personal, pero de-

tengámonos aquí. Aunque ésta es otra historia que ya contaré, aquí no

cabe; debo decir que las fotografías de Mata en ese No Lugar específico

de la frontera se me han vuelto muy importantes y me han remitido a la

desprotección que siento permanentemente, desde muy joven, cuando

viajo al Imperio.

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PODER

A partir de su reingreso al Sistema Nacional de Creadores de Arte, Mata

comenzó a indagar sobre la frontera, un concepto político y por tanto

impregnado por eso que llamamos Poder. Bernard Reitel y Patricia Zan-

der explican cómo se abren nuevas pistas ante los investigadores de la

frontera debido a la crisis de los Estados, a la emergencia de nuevos po-

deres económicos, institucionales y sociales. De ahí que no haya gratui-

dad alguna en los bustos de Jesús Malverde presentes en la narrativa de

Mata. “Se puede sugerir que […] la representación clásica de la frontera

(la línea) cambia completamente. [Habría que] proponer nuevos modos

de representación de estas fronteras de formas inéditas”, escriben ambos

especialistas. ¿Por qué no retomar la última frase, detenerse en las for-

mas inéditas, y aplicarla a este gran narrador de la vida urbana nacido en

1958 y convertido hoy en un fotógrafo cuyas imágenes se presentan en

países tan distantes entre sí como China y Dominicana?